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EL PAISAJE, LA VENGANZA DE LA PERMANENCIA.
El paisaje es resultado del tiempo. La Tierra tiene
más de 3 mil millones de años de existencia. Cada
montaña, cada formacióngeológica, esa atmósfera
que se prolonga encima de nosotros existe antes
de que lo supiéramos, antes de que creáramos
conocimiento acerca de nuestro entorno. Tenemos
una relación filosófica y poética con el territorio en
el que vivimos. El paisaje, esa enorme extensión
que contemplamos, nos contiene, nos da un
sitio y nos obliga a medirnos con su inmensidad.
Es casi temerario detenerse a pensar que nuestra
existencia puede ser determinada por el paisaje,
por este sitio en el que vivimos y que nos maneja,
nos limita. Las fronteras del paisaje son nuestras
fronteras. Jorge Obregón ha decidido encauzar
toda su formación y talento artístico a pintar
paisaje. Es una decisión que atañe a la existencia.
Pintar paisaje implica una relación muy íntima con
el lugar, involucra una observación que obliga
a estar, a permanecer mientras el paisaje cambia,
semueve, evoluciona. El pintor está ahí, inamovible,
paciente, y las nubes viajan sobre su cabeza, la luz
se oscurece, la naturaleza sigue su ritmo.
LA SABIDURÍA DE LA MONTAÑA
Obregón se enfrenta a nuestra efímera condición
humana y a nuestra sedienta necesidad de saber
lo que no podemos siquiera imaginar. Obregón
pinta montañas, pinta volcanes, reta la limitada
mirada humana con la eternidad de estas
presencias que se erigen abruptas y rompen
la planicie. Lamontaña sabe todo lo que nosotros
ignoramos. Peregrinar a su cúspide buscando
sabiduría, tratando de escuchar el lenguaje de
los espíritus que la habitan, es parte de lo que
busca el pintor de paisajes. En
Chicnautécatl,
Nevado de Toluca
, el cráter del volcán aparece
en la pintura de Obregón con las lagunas del Sol
y de la Luna. La atmósfera es azul y se derrama
sobre las cúspides, sobre la orilla accidentada del
cráter, reflejándose entre el cielo y las lagunas.
En primer plano tenemos un conjunto de rocas,
pero la mirada de Obregón no está ahí y nos lleva
hasta las cumbres nevadas del volcán. Obregón
se deja seducir por la enigmática configuración
de sus formas. En la pintura refleja su atracción
por la dimensión, por la expectativa de la vida
interna que posee cada volcán, por ese humor
impredecible y violento con el que despiertan.
Los pliegues, las cicatrices del terreno, la paz de
la soledad, el vértigo de la altura, la temperatura,
están presentes con detalle en la pintura. Llevar
una montaña a un lienzo es un ejercicio casi
científico, de recreación de la escala que describe
con dramatismo la descomunal formación y la
proporción de lo humano aunque no existe
un ser en relación visual. Ver una montaña
pintada por Obregón nos hace subir por
sus laderas, nos invita a habitarla, a pensarla
como un ser eterno que nos espera, que tiene
algo que decirnos.
Por Avelina Lésper